Hace años, antes de que llegaran las autopistas, León era un lugar adorable. Que­­da­ba tan lejos de todas partes que los turistas nos esquivaban, la in­dus­­tria no pa­­sa­ba de anec­dó­tica y las ad­mi­nis­tra­­ciones públicas eran la prin­cipal fuente de tra­ba­­jo, gracias a lo cual vivíamos sin inmigrantes. Hoy las cosas han cambiado, pero no a to­­­­dos nos afectan por igual. A mí, muy poco. Mi trabajo me mantiene al mar­­gen, y al ser soltero la in­fluencia que puedan ejercer en nues­tros hijos me pre­o­­cupa en el pla­no socio­ló­gico, no en el personal. Mi problema es que hace unos me­ses quise dejar de serlo. Sin éxito. La otra parte ni siquiera llegó a despre­ciar la pro­posición apa­sionada que no tuve la valentía de hacer. A eso se de­be que tenga el al­­ma destro­­za­da. Intento di­simular, pero mis alum­­­nas, que son muy listas, me mi­ran con tristeza. Soy pro­­fe­­­sor, habría debido de­cirlo. De Li­­te­­ra­tu­­ra. Me gusta ser­­lo, aunque no es lo que me gus­­ta­ría en­señar. Mi vo­­ca­ción es la Ética, pero en Le­ón se su­pri­mió Fi­lo­­so­fía pe­­­se a que la facul­tad na­ció, y así se si­gue lla­­­man­do, de Fi­­­lo­so­­fía y Le­tras. Pude conseguir plaza en Valladolid, aun­que pre­fe­­rí seguir aquí, en parte por lo cómodo de vivir con los míos, en parte porque salía con una chi­­­ca de Ve­terinaria que al año sa­có una Eras­mus, se fue a Mi­lán y ja­­más la vol­ví a ver, y en parte por la iluso­­ria es­peranza de que algún día se im­par­­ta otra vez en Le­ón la sublime Fi­losofía, rei­­na indiscutible de las Hu­ma­­nidades.

Si Filosofía es la reina, Ética es su joya más valiosa. Sin su estudio no podemos valorar nuestras accio­nes, y menos aún nuestras omisiones. De ahí que la Ética, en su cali­dad de concepto impres­cin­dible para que re­nun­cie­mos a comer­nos los unos a los otros, sea mi fijación intelec­­tual des­de que comen­za­se a comprender el valor de las cosas. De ahí, también, mi an­gus­tia de haberme perdido en las redes de una mu­jer en absoluto éti­ca. No es ­que sea una de­­­lin­cuen­­­te, no va por ahí. Só­lo sucede que Me­ritxell -ya deduci­rán que leonesa no es- opi­­na de la ética que só­lo es una de las muchas herramien­tas que utiliza El Po­der para conseguir que los hu­­­­­ma­nos idiotas -que según ella somos casi todos- pasemos por el aro.

Hace seis meses yo estaba sa­tisfecho de mi vi­­da. Hice aquí el bachillerato, las dos carreras y el doctora­do, gracias no sólo a mi esfuerzo, sino a rehuir los peligros asociados a estudiar fuera, sien­do el principal la contami­na­ción espiritual que se padece ‑o se dis­fru­ta- cuando uno cam­bia la confortable ca­­­sa de los padres por al­gún in­salu­bre colegio mayor en alguna ciu­­dad preñada de asechan­zas, y no les digo na­da si en vez de cole­gio mayor es pi­­­so estudiantil a com­par­­­tir con unos cuan­tos, si no unas cuantas. No vayan a pen­­sar que soy un pa­ca­to pro­vinciano. Bue­no, quizá lo sea, pe­ro no a una escala exa­­gerada. Es que veo mal dejar León por la proce­losa Ma­drid. No por los ries­­gos ex­teriores -in­se­gu­­­ri­dad urbana, costes ele­va­dos, vi­da desor­­­denada-, ni tam­po­co los interiores ‑ha­­cer­se un golfo y no dar gol­pe-, sino por el peor de todos: vol­ver­se frívolo. Irse fue­ra es, con har­­ta frecuen­­cia, de­di­car al estudio el mínimo esfuer­­zo y sa­car to­do por los pelos, en el cri­­te­rio de que al final só­­lo cuenta con­seguir el título. Ya ven­­­drá des­pués el más­­ter y arregla­rá lo que no se­pas. Esta es la cau­sa de la medio­­cridad que nos aso­la, en mi es­­pecialidad y en las demás. Si quie­ren una prueba verifiquen la orto­gra­­­­fía del becario que les pille más a ma­no, y verán. La vida mue­­lle del univer­­si­­ta­­rio in­­controla­do da lu­­gar a una incom­­pe­ten­cia subya­cen­te que después pa­de­ce­­mos todos, y que los leo­­ne­­ses per­ci­bi­mos de un modo indisimulable: la ma­­­yo­ría de los que acabamos una ca­­rre­ra ter­mi­na­mos trabajan­do para el Estado, la Comunidad o el Municipio. En ge­neral, basta con po­seer una ca­­­ligrafía pul­­cra, una or­togra­­fía de­­cente y una memo­ria or­gani­za­­da para con­­se­guir un Gru­po A. Des­pués, a cum­plir del mo­­do más rá­­ca­no tolerable, pues bien sa­bi­do es que nos en­ga­­­­ña­­­rán en el suel­­­do pe­­­ro no con el trabajo, y a vivir, que son dos días.

Estudiar, para mí, de siempre ha sido natural. Es que mi familia es muy es­­tu­dio­sa. Papá es Catedrático de Civil, aquí en León. Mamá enseña his­to­ria en un ins­tituto. Mi hermana mayor sa­có Judicatura nada menos que al pri­mer intento, y tras un par de destinos le­janos acabó sentan­­do plaza en La Bañe­­za, más o menos aquí al la­do. Mi her­mana pequeña, por fin, a sus vein­tio­cho ya es interventora en el Ayun­ta­mien­to de Bembi­bre, que tampoco pilla le­jos, de mo­do que raro es el fin de semana que no aparecen por aquí. Ellas, sus ma­­­ridos y mis sobrinos, que la ma­­­yor ya va por tres y la otra está del segundo. Ya ven, se han tomado en serio lo de hacer frente a la emigración infiltrante por medio de ampliar cuanto se pueda nues­tra noble raza castellano-leonesa, que por algo somos mitad de aquí, mitad de Burgos. De ahí que una se llame Gadea, como mi ma­dre, que es de Miranda, y la otra Camino. A mi me pusieron Ramiro, como mi pa­dre y como no sé cuántos re­­­­yes leoneses. Todavía no les he perdonado, y eso que no puedo quererles más.

El mucho estudio me ha dado para ser Doctor en Filosofía, Licenciado en His­pá­­nicas y estar bien situado para optar a la Cátedra el día que su titu­­­lar se jubile, y como tiene 67 debe faltar poco. Además de a mi trabajo dedico al­­gu­nas horas a re­­don­dear mis no pingües ingresos tradu­ciendo del la­tín. Algunas otras las invier­­­­to en mi vicio no secreto: escribir. Sin demasia­do éxito, que aún estoy empe­­zan­­­do, aunque puedo presumir de un poema­rio pu­bli­ca­­do, va­rias dis­tin­cio­­nes en certámenes de cierto prestigio y, también, un cre­cien­te nú­me­ro de vi­sitas en mi blog, el cual tiene por ob­jeto di­vulgar no sólo mi obra inmortal, sino mi visión de la vida y de los tiempos. En una forma ético-literaria, eso sí. Lo que me decep­cio­na es la índole de mis visi­tantes. Sin apenas excepción son alumnos míos. Deben pen­­­sar que analizar mis paridas pue­de ir bien pa­ra sacar el curso sin matarse, y si es así aciertan. La carne es dé­bil, qué se le va a hacer, y ade­más tampoco inte­re­sa ser El Hueso de una carre­­­­­­ra tan sin utili­dad como Fi­lolo­gía His­­pánica. Soy rea­­lis­­­ta, ya lo ven, y de sobra sé que sólo da para vivir si no hay que preocuparse de hi­­pote­cas o al­quileres, ni de lle­­­nar la tripa. Yo resolví el proble­ma gracias a mi abue­­la; tu­­vo el detalle de legar­me un piso chi­quitín en pleno Ba­rrio Hú­­me­do. Algo rui­­do­so sí es, so­bre todo las no­­ches de viernes y sábados, aun­que se pue­­­de sopor­tar. En cuan­­­to a cocina sigo aman­do la de mi madre, de mo­­do que allí me tiene, a me­sa puesta, cada día de la se­­mana. Vivien­do así, como vi­vo yo, es posi­ble sub­sis­tir con unos ingresos muy mo­­­des­tos. Los míos me dan pa­ra no pa­­rar en casa cuan­­do no quiero pa­rar ‑no hay muchos si­tios adón­de ir, en León-, para que pocos libros excedan mi presu­­­puesto y para que vis­ta con al­gún estilo, el que se su­po­­ne debe po­seer un profe­sor pe­lín bo­he­­mio. No me da­rían para com­prar un coche, pero ni siquie­ra sé con­­du­­cir; con la bici me apaño, que León es ama­ble con los ciclistas. Me dan, por úl­­ti­mo, para que una vez al año, apro­ve­chan­do las desme­suradas va­ca­cio­nes que sufri­mos los docen­tes, recorra la UE. Una costumbre que inaugu­­­ramos -siem­pre vamos en manada- el vera­no del COU. La mecánica es in­va­ria­ble: In­terRail, mochila, lista de al­bergues don­de dor­­mir por poco dine­ro y pla­nifi­cación minuciosa de luga­­res a visi­tar. Los resul­tados también lo son: unos días tan bonitos, tan hermosos, que a todos nos ha­cen afirmar que al año siguien­­­te repe­timos. El último nos condu­jo a Varsovia, Cra­covia, Bratislava y Buda­pest. A los cua­­tro que lo hi­ci­mos. En los primeros, los que organi­­zá­ba­­mos sien­­do estu­dian­­tes afanosos, rara vez bajábamos de diez. En los que vi­nie­­ron después, ya flaman­tes ti­tulados supe­rio­res ‑hoy se ­diría des­­gracia­­dos mileuris­tas-, llegamos a ser veinte, pero la vida es im­­­pla­­ca­­ble. Los que se junta­ron con in­­di­vi­duos ajenos a nues­­­tro plácido ambien­te fue­­ron los prime­ros en de­sertar; sus pa­re­jas no tení­­an tan­­tas vacacio­nes como nosotros, pero ga­naban más dinero, así que nues­tras es­­­par­tanas aventuras les impacientaban. Luego llega­ron las bo­­das, que aquí la gen­­­­te se sigue casando jo­ven si tie­­ne con quién; viajar co­mo lo hacíamos no­sotros en­­tra­ña un punto de pro­­mis­cui­­dad ino­cen­te, lim­­pia, pero pro­mis­cuidad al fin y al cabo, y eso, lo dice la expe­­­rien­cia, es incom­­pa­tible con el esta­tus ma­ri­tal. Aún así algunos matri­mo­­nios re­­sistían, pe­ro a la que parían cachorros, adiós. La vi­­da tien­de a se­parar, a poner de re­lieve que to­dos pasamos de los treinta y que hay más co­­sas en el mun­do que ir de mochile­ros con la vieja peña de la facultad. De ahí que a la cita con el Wawel acu­­dié­ra­mos cuatro, servidor y tres chicas na­­­da vis­­­to­­sas que por las tra­zas van a que­­darse a vestir santos. Igual que yo.

Conocí a Meritxell al poco del último viaje, la noche del segundo viernes de sep­­­tiem­bre. Hacía un calor horroroso, de modo que la mayoría de los bares del Ba­­­rrio Hú­­­me­do habían sacado al exterior sus mesas y sus sillas. A los que no conoz­­­can León debo indicarles que el Barrio Húmedo es el área de las copas, y que así se lla­­ma­ba mucho antes de que se llenara de tascas, restaurantes y tugurios di­ver­­sos. Es razonablemente bonito, está limpio, bien conservado y al ser casi peato­­nal se puede per­­ma­ne­cer en sus callejuelas con total impunidad.

Íbamos en pandilla. No sólo es tradicional. Es que a ver qué otra co­­sa se pue­de ha­cer, en León. Seis o siete de la vieja cofra­día viajera, unos cuantos con­sor­tes y al­gu­nas almas invitadas, como mi her­ma­na Ga­dea. Una in­te­re­san­te pro­piedad de León es que to­­do el mundo co­no­ce a todo el mundo, y si no tanto al me­­nos a uno que se halla en las proximidades de una des­co­no­ci­da in­­te­resante. Una ma­ni­fes­ta­ción de tan inusita­da pro­piedad tuvo lu­gar fren­te al Pub Con­sis­to­rio a las once y cin­co de la noche. La des­­co­no­ci­da inte­re­sante lo era por di­ver­sas ra­zones. Una, que no la re­corda­ba. En León es im­po­si­ble que una cara como aque­­lla no la tengas vis­­ta de antes, que por algo es una ciu­­­­dad peque­ña de bares con­cen­trados en un área re­­du­ci­da. El rostro de Me­rit­xell no só­lo era novedad en mi universo leo­nés; era inu­­sual, atí­pico. No me pre­­gunten por qué, pues no sa­bría expli­car­lo. Se­ría por una con­­ver­gen­­cia de fac­to­­res, siendo los ojos el do­mi­nante. Gri­ses, gran­­des y de mi­ra­da caída, como la de Cher. Dos, iba sin arreglar. En el Ba­rrio Hú­­me­do es fre­­cuente dar con chicas jóvenes que vie­­nen tal y co­mo han sa­lido de la facul­tad o del tra­ba­­jo, pero eso es pro­pio de días de diario, no de los viernes pro­mi­so­­rios. Tres, era un rostro ar­­mo­­nio­so, de fac­­cio­nes deli­ca­das, aun­­que al tiem­­­po no tí­­­­midas, no modestas. Y de ges­­tos que revelaban una cier­ta du­­­re­za. Se da­­­ría un ai­­re a la chica del Canal Plus que pre­sen­ta el pro­grama de las ma­­druga­das, el del ci­ne. Por lo demás, no pa­re­­cía una guiri ambien­­tada en un gru­­po de gui­­­ris. Los que be­bían con ella, rode­an­­do un barril que ha­­­cía de mesa, eran de León. No les co­nocía, pero se ha­lla­ban a varios me­­­tros, la Plaza Ma­­yor re­­bo­saba y aún así les oía. Sin perder pa­­la­bra. Y sin per­­­der detalle de la mo­rena mis­­teriosa que a su vez, de cuando en cuan­­­­do, ha­­cía lo re­­cíproco. Así pu­de re­pa­­­rar en más detalles. Era bas­tante alta, pe­­se a ir de moca­si­nes. Lu­cía unos Levi's le­gí­timos, no imitación de mer­­­­cadillo. Le ca­í­an de maravilla. Sobre to­do en ese área que tan bien real­­zan los va­que­­­ros. Qui­­­zá no fuera espa­ño­la, pe­­se a es­tar cercada de leoneses. Les es­­cu­­cha­ba con gesto aten­to, aun­que sin decir pala­bra. De no ser que con prometedora fre­cuen­cia se vol­­­vía y me mi­raba, podría pa­sar por una esta­tua vi­viente.

-Gadea, ¿conoces alguien en esa mesa?

Fue un susurro al oído, muy discreto. Mi hermana contestó de igual forma.

-¿Cuál? ¿La del zorripendón de pelos de loca, ojos de bruja y muy buen culo?

Gadea me conoce mejor que si me hubiera parido. Sólo me saca un año, y de ahí que siempre haya sido mi cómplice, la que inventaba lo que fuera con reflejos de mangosta para que mamá no me calentara el cu­lo -hasta los diez años- o no me diera el rollo -hasta hoy en día-. Se ha­bía da­do perfecta cuenta del intercambio de miradas. De ahí que ya estuviera preparada.

-¡Pero coño, Pepe, cuántos años!

Se abrazaba contra un pavo cuarentón situado a la dies­tra de la que se ha­bía vuelto a mirarme con una leve sonrisa, pudiera ser que de haber compren­­dido la ma­niobra. Una de antigua compañera de aca­de­mia que reconoce a un opositor me­nos afortunado y que tras un tercer intento fallido desis­tió de ser juez, para sen­tar pla­­za en la Caja de Ahorros del Bierzo.

-Ven, Ramiro, que os voy a presentar.

© Anna Wohlgeschaffen